domingo, 3 de febrero de 2013

El corazón amarillo


Soy una romántica. Aunque intente disfrazarme de mujer fría y distante quien me conoce bien sabe que me encanta enamorarme. Enamorarme de la vida y de sus pequeños detalles. Soy feliz con lo que tengo  y me he dado cuenta de que con el tiempo cada vez necesito menos, porque en verdad la vida me da siempre lo que necesito. Sin embargo me hicieron falta 28 años y varios países para darme cuenta de que tengo exactamente lo que quiero y que todo vino a mí en el momento en que lo necesitaba o estaba dispuesta a recibirlo.

Todo esto lo escribo desde una terraza, con una copa de vino en una mano y la ciudad a mis pies. Podría decir que me faltan cosas en el cuadro. Evidentemente nunca estamos felices al 100%. Parece algo intrínseco al ser humano, sin embargo ya no me da miedo decir que soy feliz, que estoy feliz con mi vida tal como es y que estoy segura de que venga lo que venga ahora será exactamente lo que tenía que pasar. Sea bueno o malo es lo que pedí y lo que necesito.

Desde aquí veo las luces de la ciudad. Una ciudad que ocupa un valle tan llano que cada vez que recorro sus calles solo puedo pensar que quiero una bicicleta y no quiero manejar un auto nunca más (pero claro, estamos en verano, ya veremos si opino lo mismo en invierno).

La noche es tan clara que al atardecer pude ver claramente como el sol se ocultaba tras la cordillera de la costa  y ahora puedo apreciar hasta la luz de un semáforo lejano cuando cambia de rojo a verde y viceversa. El cerro San Cristóbal se recorta en su oscuridad contra el reflejo del alumbrado público y las canciones de Violeta Parra y sus cantos mapuches inundan mis oídos.

Ahora mismo puedo decir que mi vida raya la perfección. Si, aunque me riñan, la palabra raya no se puede omitir de la frase. Soy humana, soy imperfecta y siempre deseare algo más. Si no lo hiciese no estaría aquí ahora. No disfrutaría de mi vida inquieta, no tendría en la memoria tantos paisajes diferentes de los que siempre me he enamorado. Definitivamente soy fácil de enamorar, hasta en lo feo y lo sucio encuentro la belleza y el detalle que hará que después recuerde ese lugar que se ha ganado un lugar en mi corazón.

Y toda esta introducción, todas estas letras, nos llevan a mi tarea inconclusa de la semana. Si has llegado hasta aquí veras que volvemos al mundo real, nos dejamos de reflexiones vagas y nos centramos en la vida real y la aburridísima y difícil tarea de encontrar casa en una ciudad ajena y por lo de ahora desconocida.

Todo empezó la semana pasada. Decidí que era hora de encontrar casa pese a no tener pega (trabajo). Más que encontrar casa quería empezar a conocer la ciudad, elegir un buen lugar donde establecerme y después en función de mi lugar de trabajo determinar mi próximo lugar de residencia. Pero, como decía al principio, soy una romántica. Necesito enamorarme del lugar donde voy a vivir, después ya tendré tiempo de hacerlo mío. Y toda esta historia de enamorarme del lugar donde voy a establecerme empezó en Madrid.

Yo aún era una niña, tenía 20 años y era la primera vez que salía de Galicia para estudiar. No era novata en esto de vivir fuera de casa, pero era la primera vez que iba a estar tan lejos. Siempre recordaré lo que sentí al salir del metro en la Latina. Recuerdo la primera imagen que percibí de mi futuro barrio, las casas, las calles, la gente… fue un flechazo y ya sabía que me iba a dar igual como fuese mi futura casa, yo quería vivir ahí. Estaba más que segura de que ese era mi lugar en el mundo. En ese momento todo mi cuerpo me gritaba que pertenecía a ese rincón de Madrid. Y así fue. Pase tres de los mejores años de mi vida en un barrio que se convirtió en mi hogar. Donde todos me conocían, donde me sentía querida y tenía grandes amigos que aún conservo hoy en día. Era feliz en mi casa con ventanas de madera, luces que no funcionaban, la cocina más pequeña del mundo… pero adoraba mi casa, adoraba mi barrio, adoraba a mis vecinos… y esa era mi idea aquí, hasta que me topé con la realidad de una ciudad que no se parece a ningún lugar en el que haya vivido hasta ahora.

Uno de mis primeros recursos aquí es preguntar a la comunidad de españoles en Chile. Suelen ser abiertos, suelen responder a lo que les preguntas y dar buenos consejos, aunque, como en todos lados, te encuentras de todo… por suerte conmigo siempre han sido amables y se preocupan de responderme. Como buenos españoles su primera recomendación fue el barrio Brasil (la Latina chilena) o Bellavista. Evidentemente mi vena romántica me llevo al barrio donde Pablo Neruda tuvo su residencia. Bellavista. Es un barrio hermoso, pero yo no me veía viviendo allí. No sé porque, algo me decía que ese no era mi lugar, o a lo mejor no era el momento. P. me decía que es un barrio bonito pero que él ni muerto viviría ahí, pero yo no me fio de su opinión, somos demasiado distintos como para que pueda confiar. Curiosamente aun  no encontré una razón para pasar por el barrio Brasil. Paseamos por él en mí primer día en Santiago, y recuerdo que B me decía que sus amigas Europeas amaban el barrio, pero yo no sentí nada especial.

Siguiendo el consejo de los españoles probé con una web especializada en buscar compañero de departamento (piso). Pero seguía con el problema de la zona. Algunos me decían Centro, otros Providencia (que no sé porque nunca caí en la cuenta del significado de su nombre). Al final decidí comenzar por zona centro y ver qué pasaba. Publique un anuncio, tal vez demasiado escueto y parco en palabras para lo que soy yo, pero tampoco ponía demasiadas esperanzas en este sistema. Recibí varias respuestas pero ninguna me convencía, demasiados compañeros de departamento, la media estaba en 9, mala zona o anuncios demasiado extraños. Al final recibí dos propuestas que llamaron mi atención. La primera era en el centro, pero que me maten si recuerdo en que calle era. No me apetecía demasiado porque era demasiada gente y en la foto aparecían demasiadas mujeres con cara de universitarias americanas y todos sabemos que eso dignifica: demasiado carrete (fiesta) dentro del departamento, sin embargo el dueño parecía simpático. La otra, que al final fue el primer departamento que visité me gustó por la interminable lista de normas que ponía en la presentación del departamento. Su mail me pedía que leyese el anuncio en el que aparecían la descripción del departamento y las normas y si estaba interesada contactase con él.

Quedamos en vernos el lunes. G. el chico que arrendaba el departamento, me propuso dos planes, o quedar a las 7 para trotar (correr) hasta la cima del Cerro San Cristóbal o vernos a las 12 en el departamento cuando ya estuviesen duchados y presentables. Teniendo en cuenta que vi su mail a las 9 de la mañana del lunes obvio que quedamos a las 12. El departamento estaba en el centro, a la altura del metro Santa Lucia, como a 15 minutos caminando. Llegué y tuve que firmar el ingreso en la portería mientras uno de los dos porteros llamaba al departamento para confirmar que me esperaban. Eso me gustó, la seguridad es algo importante aquí. El departamento no estaba mal. “Mi pieza” tenía un tamaño decente y la cocina parecía práctica, pero el resto del departamento se me hacía un poco agobiante. Sobre todo al pensar que tenía que compartirlo con otros dos hombres y uno de ellos iba a compartir mi baño. Por lo demás el edifico tenía piscina, gimnasio, y varias salas comunes, una con wifi de uso gratuito. Además de la zona de quinchos (barbacoa) y pool (billar) que eran de pago.

G. es un chileno encantador y T. parecía igual de agradable. G se encargó de enseñarme el edificio y me acompañó a la calle para mostrarme dónde encontrar supermercados, restaurantes, a los carabineros… se dedicó a tranquilizarme sobre la zona, según él, al tener a los carabineros en la esquina es difícil que te atraquen en la puerta, aunque seguro te asaltar cuatro cuadras más allá. Todo me parecía bien, el chico era demasiado encantador y las normas me encantaban. Cuando compartes piso en verdad que necesitas normas para no desear matar al otro a los dos días. Me parecía que había muy buen ambiente, que tenían organizada una buena comunidad a la hora de repartir tareas, de compartir el tiempo libre… adoraba eso de que fuesen tan deportistas que quedasen para trotar o para subir el cerro en cleta (bici) hasta en el domingo en la mañana. Sin embargo había algo me que echaba atrás y no sabía decir el que. Nos despedimos después de darnos el número de celular, el mail, agregarnos al Facebook… en definitiva, imposible no volver a contactar… me dio un beso y un abrazo de oso que me sentó de maravilla… pero yo no acababa de decidirme. Tal vez era el precio, un poco caro para la zona, pero teniendo en cuenta que incluía los gastos tampoco me parecía demasiado… al final me invito al asado que iban a organizar el sábado. Independientemente de si quería la habitación o no me invito a la fiesta. Aquí al igual que en New Zealand los que viven en el departamento te someten a una entrevista en la que deciden si te quieren como compañero de piso o no. Ellos habían tomado la decisión de que si dudaban de a quien escoger como compañero de departamento lo iban de decidir en la fiesta. En verdad me gustaron, me gustó el ambiente relajado pero dentro de unos límites, que se preocupasen de que haga amigos y dispuestos a ayudar. Pero seguía habiendo algo que me limitaba y yo seguía sin saber el que… supongo que no era el momento. Lo he pensado mucho tiempo y decidí no optar al departamento. Ellos querían a alguien para todo el semestre y yo no sé cuánto tiempo iba a poder quedarme. Y en verdad no sentí esa reacción instintiva que siento cada vez que sé que tengo que hacer algo…

A veces me da miedo esta forma absurda que tengo de confiar en mi instinto, pero luego pienso que siempre me ha salido bien. Es verdad que no siempre ha sido todo maravilloso, en mi vida no han faltado lágrimas, dudas y penas, pero siempre ha sido para bien… otra vez mi vena romántica reclama su lugar. Si no sentía que era mi sitio es porque no lo era, porque me esperaba algo mejor. De repente, en cuanto decidí que voy a esperar a mi lugar, que lo de que no me sienta cómoda es porque aún no es el momento y que tengo que esperar, dejé de recibir mails. Pasar de recibir nueve mails al día a no recibir ninguno es un gran cambio. Sé que mi lugar está aquí, esperando por mí. Pero sé que no es donde todo el mundo piensa. Cuando lo planeo sé que necesito un lugar con portero, que sea seguro, donde no me de miedo llegar en medio de la noche. Pero no necesito una piscina, ni un gimnasio. Necesito un lugar que pueda llamarle casa, donde me sienta bien y segura… y sé que ese lugar está cerca y esta esperando al momento apropiado para aparecer. Curiosamente no siempre es el sitio más bonito del mundo, ni el más nuevo, normalmente tienen mil defectos, se caen a pedazos y la gente me llama loca por querer vivir ahí… pero yo siempre he sentido que era mi lugar. No sé si aquí será igual, no sé si será en Providencia, en la Avenida Colon, o en otra ciudad, pero por ahora siento que me toca quedarme un tiempo en Santiago.

Evidentemente sé que hay un pasaje de avión con una fecha muy concreta en mi cartera de documentos. Sin embargo es como si esa fecha no existiese para mí. No sé si llegare a la fecha límite con algo solucionado o si seguiré como hasta ahora, buscando, pero sé que por ahora mi sitio está en el sur del mundo. Con las conversaciones surrealistas con desconocidos, aprendiendo algo nuevo cada día, asombrándome de que pese a que España va mal siempre puede haber algo peor… en días tranquilos como hoy echo de menos a mis amigos, echo de menos las cenas, los vinos, las fiestas… pero sé que ahora no es el momento, que mi vida se prepara para algo nuevo, que está por venir… mi instinto nunca me ha fallado y estoy segura de que no va a hacerlo ahora… sé que puede sonar pretencioso, pero llevo 28 años sometiéndome a la voluntad del universo en un grado mayor o menor, ahora que me he rendido completamente creo que no es el momento de dudar, sino de confiar en que lo que tenga que pasar… simplemente pasará…