lunes, 25 de febrero de 2013

Crepusculario


 Es sorprendente como ha cambiado el mundo gracias a internet. Ya no es que las distancias se hayan acortado y sea más fácil hacer cosas cotidianas como hablar con la gente o realizar trámites. Nos hemos acostumbrado a relacionarnos con una pantalla de ordenador y muchas veces, al menos yo, antes de salir a comprar o de hacer algo compruebo si puedo hacerlo antes vía internet. Para este viaje la página de españoles en Chile fue muchas veces una ayuda y un consuelo. En ella encontraba gente como yo, que habían cambiado España por este rincón al fondo de América Latina. Ellos habían pasado por todo lo que yo pasé y podían ayudarte en  las dudas que pudiesen surgir. Hasta ahora la había utilizado para resolver pequeñas cuestiones, en realidad todos tenemos las mismas dudas y seguro encuentras alguien que ya ha preguntado por eso y su correspondiente debate debajo. Es increíble lo que nos gusta opinar y debatir, de cualquier pregunta podía surgir una discusión encarnizada.

Sin embargo, esta vez no utilicé la página para resolver dudas sino para emitir una señal de socorro. Después de tres semanas en Santiago necesitaba vida social, desesperadamente. Quien me conoce sabe que soy un ser social, que si me dejan hablo hasta con las farolas y estoy convencida de que un día me van a responder, aunque sea por puro aburrimiento… así que aburrida decidí preguntar si existía alguien que se apiadase de mí y quisiese tomar algo. La verdad fue sorprendente la respuesta. En cuestión de un par de días ya había hablado con una cantidad considerable de españoles. La mayoría llevan aquí pocos meses y se encuentran igual que yo, en un país extraño, buscando trabajo, tratando de acostumbrarse a una nueva cultura que cada día descubres es más distinta a la tuya,….

Así que sin perder tiempo empecé a quedar con ellos. Primero quede con M para ir a tomar algo a la zona de Lastrarria. Allí se nos unieron otras españolas. Después de dos cocteles con fruta del mercado estábamos todas de lo más alegres y ruidosas. Tanto que los de las mesas de alrededor nos miraban mal y los camareros empezaron a equivocarse con los pedidos… al final hablábamos como si nos conociésemos de siempre. Comparábamos experiencias chilenas, opiniones, risas…. Al final decidimos alargar la noche e ir a cenar suchi (si, así pronunciado, que pronunciar sushi es flaite. No me pidáis que explique flaite, es como una mezcla de gañan, macarra, barriobajero y sabe dios que más…) Después de marear al pobre camarero, de pedirle que nos sacase fotos y demás pusimos rumbo a casa… cada una a la suya claro.

Al día siguiente me junte con L otra española que lleva algo más de tiempo acá. Y también es diseñadora de vestuario (si, aquí no se diseña moda, se diseña una cosa que la gente se pone encima sin demasiado gusto y sin pensar demasiado en si coordina o no…). Esta vez fui a una zona nueva de Santiago, a Ñuñoa. Nunca había visitado ese barrio así que nos fuimos a tomar algo a un patio. Menuda semana de mojitos que me pegue…

Es sorprendente porque no he conocido a nadie hasta ahora que me callera mal o que me molestara lo más mínimo. Supongo que en el extranjero uno se hace más flexible, o que yo soy demasiado buena… jejejeje En definitiva todos estamos más o menos en la misma situación, todos somos jóvenes, con estudios, experiencias y estamos deseando compartirlas. En general la sensación que tenemos todos es buena y eso hace las cosas más fáciles. No hay nada peor que estar en el extranjero con una persona que no hace más que quejarse y protestar por todo…

Evidentemente siempre se tiene más feeling con unas personas que con otras, pero a mí me gusta conocer gente y tener grupos de amigos variados. Las circunstancias han hecho que solo pueda juntarme con determinadas personas hasta ahora, pero no me gustaría perder contacto con ninguna…

Por cierto, que no me olvido del resto de gente que conocí. Después de varios días hablando por fin pude sacar a A de su retiro voluntario, que es un hombre que trabaja mucho y como el señor mayor que es se va a dormir temprano (si alguna vez llegas a leer esto estoy segura de que sabes que me refiero a ti!! Jajajaja) Así que el viernes nos fuimos a cenar a Bellavista con M, su pololo (a estas alturas ya no hace falta que os diga que significa eso, verdad??) y una pareja amigos de M. Por primera vez en mi vida, pero no última, conseguí llegar a tiempo a alguna parte en esta maldita ciudad. En realidad creo que fue por culpa de A que quedo conmigo en el metro y me sabía mal hacerlo esperar y quedamos mucho antes de lo necesario… Yo no contaba con llegar puntual por eso le dije que si…. Jejejeje en definitiva conseguimos llegar a tiempo, pero M no estaba allí y el restaurante donde quería cenar estaba hasta la bandera. Lo normal teniendo en cuenta que la cerveza cuesta 2 lukas. Así que literalmente seguimos hasta el siguiente restaurante. Bellavista es lo que tiene, las calles están llenas de bares y restaurantes. Si no hay sitio en uno seguro que hay en el siguiente. Estuvimos tomando pisco sour (yo, que soy muy lista) y cerveza caliente A (cosa demasiado común en este país) hasta que llego M & Company. Cenamos varios tipos de ceviche, mariscos con queso (si, aquí le ponen queso al marisco, creo que ya lo he comentado antes, pero es que me sigue sorprendiendo lo bien que sabe). Después de desistir de tomar cerveza caliente cambiamos a la sangría, también caliente. Y ya cansados de hablar y cenar decidimos seguir la fiesta como dios manda… bebiendo!!

Al final decidimos ser inteligentes y meternos en el primer bar que no pareciese un chiringuito de playa con rejas (alguna vez le sacare foto a ese lugar, en verdad parece una jaula de pájaros gigante… aun no entiendo el porqué de esa reja…). Conseguimos una mesa para los seis al ladito de una ventana. Hacía un calor de mil demonios y dentro de los sitios era peor. Además hay que tener en cuenta que en chile todavía se puede fumar en los sitios (aunque ya no les queda nada, el mes que viene entra en vigor la ley antitabaco). En cuanto miramos la carta decidimos que lo mejor era pedir por botellas. Es lo bueno de este país, que puedes pedir casi cualquier bebida por botella. Al ser tantos compensaba pedir una botella de ron, además la bebida (refresco) estaba incluida y sobre todo el hielo!!! El camarero nos dijo que los españoles adoramos la bebida helada. Así que se preocupó de tener el cubo del hielo lleno toda la noche. Teniendo en cuenta que la botella de ron se convirtió en dos normal que nos trataran bien… jejejeje una de las cosas más graciosas era verlos fumando a escondidas con el cigarrillo debajo del banco. Ya no estamos acostumbrados a poder fumar en lugares públicos y mejor que no nos acostumbremos que apenas nos quedan unos días de lugares atestados de humo. Al final conseguimos salir de ese lugar donde trataron de envenenarnos con unos chupitos de tequila con licor café (nunca, nunca, nunca probéis algo así). Con ganas de más pero sin saber a dónde ir decidimos que era horas de irse a casa. Al día siguiente evidentemente tenía una resaca de morirse que ni la piscina fue capad de curar. Se supone que tenía planes pero no fui capaz de levantarme de cama a tiempo. 

La verdad es que es un gran grupo de gente. Me siento identificada con ellos en muchas cosas (y lo de que tres de nosotras naciéramos en el mismo mes del mismo año es cuanto menos curioso). Todos formamos parte de una generación demasiado preparada para lo que hay en este momento en España. Y sobre todo todos tenemos muchas ganas de salir adelante, de explorar lo que nos espera en el mundo. Estamos preparados y vamos a comernos el mundo…. Aunque nos lo pongan difícil!!!

domingo, 10 de febrero de 2013

El río invisible


En el país de las nanas ellas son las reinas de la casa. Ellas la dirigen desde la sombra, preparan las comidas, limpian, ordenan, deciden que hay que comprar… para los españoles, donde no existe la figura de la nana, convivir con una de manera tan estrecha es tan raro como incomodo al principio… y probablemente siempre lo será.

Hasta esta semana no había convivido con una nana en la casa, pero siempre oía quejas sobre cuanto la echaban de menos. Ellas llaman al servicio técnico, vigilan que el jardinero haga bien su trabajo, controlan al chico que limpia la piscina, se encargan de que en la casa no falte de nada y de pedir todos los suministros que se llevan directamente a la casa. Sin ellas la casa es un desastre en el que siempre falta algo o algo está sucio o mal hecho.

Este domingo llego la nana de sus vacaciones. Nada más llegar se puso manos a la obra. Miró a su alrededor y evaluó todo el trabajo que tenía que hacer. Nos preparó la cena, nos puso al día sobre su familia, sus vacaciones, y se fue a dormir en las habitaciones que hay al lado de la cocina. El lunes todo el mundo en la casa estaba de vacaciones así que nos levantamos todos un poco más tarde de lo normal. Al entrar en la cocina la nana estaba con M preparando su desayuno. Ellos desayunaban en la cama, yo opte por la cocina, como siempre. Me prepare la mesa, cogí de la nevera lo que suelo desayunar y a los pocos minutos la nana se unió a mí. Se quejó sobre lo sucia que estaba la casa y que todo estaba fuera de su lugar, además de que no sabía si la ropa estaba limpia o sucia, nada estaba como ella lo hacía… es la reina de la casa y su reino había sido alterado de un modo que no le gustaba nada.

Lo más impactante para mi es lo que paso hoy. Me levante un poco más tarde de lo normal, la noche previa había sido demasiado mala, el calor no me había dejado dormir hasta pasadas las 4 de la madrugada y como siempre me desperté a las 7. A las 9.30 conseguí arrastrarme de la cama y dirigirme a la cocina. Allí estaba M que se llevaba su desayuno escaleras arriba. Cuando mire hacia la mesa mi sorpresa fue mayúscula cuando vi la taza con el café, el quesillo, el pan, todo lo que suelo desayunar. En cuestión de horas se aprendió mis hábitos. Sabe que no me gusta la fruta después de comer, pero que me gusta a media tarde. Se encarga de recordarme que me olvido de tomar once…. Eso conmigo que solo soy una invitada, evidentemente yo me lavo y plancho mi ropa, pero en la cocina quien manda es ella.

Para los españoles tener nana es más raro que un perro verde y para mi es incomoda la falta de intimidad. Cuando comemos ella espera pacientemente de pie en la cocina para recoger todo en el momento en que terminamos. Al parecer a muchas familias europeas les sigue resultando incómodo y deciden prescindir de ellas. Pero hablando con familias chilenas te dicen que es imposible manejar una casa sin ellas, además que cuando tienes niños pequeños es muy difícil conciliar la vida laboral, social y familiar. Si quieres salir por la noche no hay canguro a la que puedas recurrir, los horarios de trabajo y de los niños son incompatibles. Cuando voy a buscar a A y queremos salir a cenar la nana se queda con las niñas y ella puede salir tranquila sin preocuparse. Supongo que son formas distintas de ver la vida… todo tiene su lado bueno y su lado malo… en el fondo no deja de ser una cosa cultura… 

domingo, 3 de febrero de 2013

El corazón amarillo


Soy una romántica. Aunque intente disfrazarme de mujer fría y distante quien me conoce bien sabe que me encanta enamorarme. Enamorarme de la vida y de sus pequeños detalles. Soy feliz con lo que tengo  y me he dado cuenta de que con el tiempo cada vez necesito menos, porque en verdad la vida me da siempre lo que necesito. Sin embargo me hicieron falta 28 años y varios países para darme cuenta de que tengo exactamente lo que quiero y que todo vino a mí en el momento en que lo necesitaba o estaba dispuesta a recibirlo.

Todo esto lo escribo desde una terraza, con una copa de vino en una mano y la ciudad a mis pies. Podría decir que me faltan cosas en el cuadro. Evidentemente nunca estamos felices al 100%. Parece algo intrínseco al ser humano, sin embargo ya no me da miedo decir que soy feliz, que estoy feliz con mi vida tal como es y que estoy segura de que venga lo que venga ahora será exactamente lo que tenía que pasar. Sea bueno o malo es lo que pedí y lo que necesito.

Desde aquí veo las luces de la ciudad. Una ciudad que ocupa un valle tan llano que cada vez que recorro sus calles solo puedo pensar que quiero una bicicleta y no quiero manejar un auto nunca más (pero claro, estamos en verano, ya veremos si opino lo mismo en invierno).

La noche es tan clara que al atardecer pude ver claramente como el sol se ocultaba tras la cordillera de la costa  y ahora puedo apreciar hasta la luz de un semáforo lejano cuando cambia de rojo a verde y viceversa. El cerro San Cristóbal se recorta en su oscuridad contra el reflejo del alumbrado público y las canciones de Violeta Parra y sus cantos mapuches inundan mis oídos.

Ahora mismo puedo decir que mi vida raya la perfección. Si, aunque me riñan, la palabra raya no se puede omitir de la frase. Soy humana, soy imperfecta y siempre deseare algo más. Si no lo hiciese no estaría aquí ahora. No disfrutaría de mi vida inquieta, no tendría en la memoria tantos paisajes diferentes de los que siempre me he enamorado. Definitivamente soy fácil de enamorar, hasta en lo feo y lo sucio encuentro la belleza y el detalle que hará que después recuerde ese lugar que se ha ganado un lugar en mi corazón.

Y toda esta introducción, todas estas letras, nos llevan a mi tarea inconclusa de la semana. Si has llegado hasta aquí veras que volvemos al mundo real, nos dejamos de reflexiones vagas y nos centramos en la vida real y la aburridísima y difícil tarea de encontrar casa en una ciudad ajena y por lo de ahora desconocida.

Todo empezó la semana pasada. Decidí que era hora de encontrar casa pese a no tener pega (trabajo). Más que encontrar casa quería empezar a conocer la ciudad, elegir un buen lugar donde establecerme y después en función de mi lugar de trabajo determinar mi próximo lugar de residencia. Pero, como decía al principio, soy una romántica. Necesito enamorarme del lugar donde voy a vivir, después ya tendré tiempo de hacerlo mío. Y toda esta historia de enamorarme del lugar donde voy a establecerme empezó en Madrid.

Yo aún era una niña, tenía 20 años y era la primera vez que salía de Galicia para estudiar. No era novata en esto de vivir fuera de casa, pero era la primera vez que iba a estar tan lejos. Siempre recordaré lo que sentí al salir del metro en la Latina. Recuerdo la primera imagen que percibí de mi futuro barrio, las casas, las calles, la gente… fue un flechazo y ya sabía que me iba a dar igual como fuese mi futura casa, yo quería vivir ahí. Estaba más que segura de que ese era mi lugar en el mundo. En ese momento todo mi cuerpo me gritaba que pertenecía a ese rincón de Madrid. Y así fue. Pase tres de los mejores años de mi vida en un barrio que se convirtió en mi hogar. Donde todos me conocían, donde me sentía querida y tenía grandes amigos que aún conservo hoy en día. Era feliz en mi casa con ventanas de madera, luces que no funcionaban, la cocina más pequeña del mundo… pero adoraba mi casa, adoraba mi barrio, adoraba a mis vecinos… y esa era mi idea aquí, hasta que me topé con la realidad de una ciudad que no se parece a ningún lugar en el que haya vivido hasta ahora.

Uno de mis primeros recursos aquí es preguntar a la comunidad de españoles en Chile. Suelen ser abiertos, suelen responder a lo que les preguntas y dar buenos consejos, aunque, como en todos lados, te encuentras de todo… por suerte conmigo siempre han sido amables y se preocupan de responderme. Como buenos españoles su primera recomendación fue el barrio Brasil (la Latina chilena) o Bellavista. Evidentemente mi vena romántica me llevo al barrio donde Pablo Neruda tuvo su residencia. Bellavista. Es un barrio hermoso, pero yo no me veía viviendo allí. No sé porque, algo me decía que ese no era mi lugar, o a lo mejor no era el momento. P. me decía que es un barrio bonito pero que él ni muerto viviría ahí, pero yo no me fio de su opinión, somos demasiado distintos como para que pueda confiar. Curiosamente aun  no encontré una razón para pasar por el barrio Brasil. Paseamos por él en mí primer día en Santiago, y recuerdo que B me decía que sus amigas Europeas amaban el barrio, pero yo no sentí nada especial.

Siguiendo el consejo de los españoles probé con una web especializada en buscar compañero de departamento (piso). Pero seguía con el problema de la zona. Algunos me decían Centro, otros Providencia (que no sé porque nunca caí en la cuenta del significado de su nombre). Al final decidí comenzar por zona centro y ver qué pasaba. Publique un anuncio, tal vez demasiado escueto y parco en palabras para lo que soy yo, pero tampoco ponía demasiadas esperanzas en este sistema. Recibí varias respuestas pero ninguna me convencía, demasiados compañeros de departamento, la media estaba en 9, mala zona o anuncios demasiado extraños. Al final recibí dos propuestas que llamaron mi atención. La primera era en el centro, pero que me maten si recuerdo en que calle era. No me apetecía demasiado porque era demasiada gente y en la foto aparecían demasiadas mujeres con cara de universitarias americanas y todos sabemos que eso dignifica: demasiado carrete (fiesta) dentro del departamento, sin embargo el dueño parecía simpático. La otra, que al final fue el primer departamento que visité me gustó por la interminable lista de normas que ponía en la presentación del departamento. Su mail me pedía que leyese el anuncio en el que aparecían la descripción del departamento y las normas y si estaba interesada contactase con él.

Quedamos en vernos el lunes. G. el chico que arrendaba el departamento, me propuso dos planes, o quedar a las 7 para trotar (correr) hasta la cima del Cerro San Cristóbal o vernos a las 12 en el departamento cuando ya estuviesen duchados y presentables. Teniendo en cuenta que vi su mail a las 9 de la mañana del lunes obvio que quedamos a las 12. El departamento estaba en el centro, a la altura del metro Santa Lucia, como a 15 minutos caminando. Llegué y tuve que firmar el ingreso en la portería mientras uno de los dos porteros llamaba al departamento para confirmar que me esperaban. Eso me gustó, la seguridad es algo importante aquí. El departamento no estaba mal. “Mi pieza” tenía un tamaño decente y la cocina parecía práctica, pero el resto del departamento se me hacía un poco agobiante. Sobre todo al pensar que tenía que compartirlo con otros dos hombres y uno de ellos iba a compartir mi baño. Por lo demás el edifico tenía piscina, gimnasio, y varias salas comunes, una con wifi de uso gratuito. Además de la zona de quinchos (barbacoa) y pool (billar) que eran de pago.

G. es un chileno encantador y T. parecía igual de agradable. G se encargó de enseñarme el edificio y me acompañó a la calle para mostrarme dónde encontrar supermercados, restaurantes, a los carabineros… se dedicó a tranquilizarme sobre la zona, según él, al tener a los carabineros en la esquina es difícil que te atraquen en la puerta, aunque seguro te asaltar cuatro cuadras más allá. Todo me parecía bien, el chico era demasiado encantador y las normas me encantaban. Cuando compartes piso en verdad que necesitas normas para no desear matar al otro a los dos días. Me parecía que había muy buen ambiente, que tenían organizada una buena comunidad a la hora de repartir tareas, de compartir el tiempo libre… adoraba eso de que fuesen tan deportistas que quedasen para trotar o para subir el cerro en cleta (bici) hasta en el domingo en la mañana. Sin embargo había algo me que echaba atrás y no sabía decir el que. Nos despedimos después de darnos el número de celular, el mail, agregarnos al Facebook… en definitiva, imposible no volver a contactar… me dio un beso y un abrazo de oso que me sentó de maravilla… pero yo no acababa de decidirme. Tal vez era el precio, un poco caro para la zona, pero teniendo en cuenta que incluía los gastos tampoco me parecía demasiado… al final me invito al asado que iban a organizar el sábado. Independientemente de si quería la habitación o no me invito a la fiesta. Aquí al igual que en New Zealand los que viven en el departamento te someten a una entrevista en la que deciden si te quieren como compañero de piso o no. Ellos habían tomado la decisión de que si dudaban de a quien escoger como compañero de departamento lo iban de decidir en la fiesta. En verdad me gustaron, me gustó el ambiente relajado pero dentro de unos límites, que se preocupasen de que haga amigos y dispuestos a ayudar. Pero seguía habiendo algo que me limitaba y yo seguía sin saber el que… supongo que no era el momento. Lo he pensado mucho tiempo y decidí no optar al departamento. Ellos querían a alguien para todo el semestre y yo no sé cuánto tiempo iba a poder quedarme. Y en verdad no sentí esa reacción instintiva que siento cada vez que sé que tengo que hacer algo…

A veces me da miedo esta forma absurda que tengo de confiar en mi instinto, pero luego pienso que siempre me ha salido bien. Es verdad que no siempre ha sido todo maravilloso, en mi vida no han faltado lágrimas, dudas y penas, pero siempre ha sido para bien… otra vez mi vena romántica reclama su lugar. Si no sentía que era mi sitio es porque no lo era, porque me esperaba algo mejor. De repente, en cuanto decidí que voy a esperar a mi lugar, que lo de que no me sienta cómoda es porque aún no es el momento y que tengo que esperar, dejé de recibir mails. Pasar de recibir nueve mails al día a no recibir ninguno es un gran cambio. Sé que mi lugar está aquí, esperando por mí. Pero sé que no es donde todo el mundo piensa. Cuando lo planeo sé que necesito un lugar con portero, que sea seguro, donde no me de miedo llegar en medio de la noche. Pero no necesito una piscina, ni un gimnasio. Necesito un lugar que pueda llamarle casa, donde me sienta bien y segura… y sé que ese lugar está cerca y esta esperando al momento apropiado para aparecer. Curiosamente no siempre es el sitio más bonito del mundo, ni el más nuevo, normalmente tienen mil defectos, se caen a pedazos y la gente me llama loca por querer vivir ahí… pero yo siempre he sentido que era mi lugar. No sé si aquí será igual, no sé si será en Providencia, en la Avenida Colon, o en otra ciudad, pero por ahora siento que me toca quedarme un tiempo en Santiago.

Evidentemente sé que hay un pasaje de avión con una fecha muy concreta en mi cartera de documentos. Sin embargo es como si esa fecha no existiese para mí. No sé si llegare a la fecha límite con algo solucionado o si seguiré como hasta ahora, buscando, pero sé que por ahora mi sitio está en el sur del mundo. Con las conversaciones surrealistas con desconocidos, aprendiendo algo nuevo cada día, asombrándome de que pese a que España va mal siempre puede haber algo peor… en días tranquilos como hoy echo de menos a mis amigos, echo de menos las cenas, los vinos, las fiestas… pero sé que ahora no es el momento, que mi vida se prepara para algo nuevo, que está por venir… mi instinto nunca me ha fallado y estoy segura de que no va a hacerlo ahora… sé que puede sonar pretencioso, pero llevo 28 años sometiéndome a la voluntad del universo en un grado mayor o menor, ahora que me he rendido completamente creo que no es el momento de dudar, sino de confiar en que lo que tenga que pasar… simplemente pasará…