Este fin de semana fue la
primera vez que me sentí incomoda en Santiago. Alguna vez tenía que suceder, no
todo iban a ser alegres experiencias y sentirse como en casa, aunque extrañada
de tantas cosas y aprendiendo algo nuevo cada día… pero bueno, que nadie se
asuste, no fue una mala experiencia, solo fue algo raro.
Para ponernos en situación,
sábado por la tarde, 30 grados a la sombra y yo disfrutando de la piscina a las
6.30 de la tarde. En ese momento mi teléfono decide que le apetece recibir la
señal del wifi y suena el aviso del mail. Era X. que estaba de paseo por
Providencia y me preguntaba si me apetecía tomar una cerveza (en realidad la conversación
fue más larga e implicó varios mails para ponernos al día y decir otras tonterías
antes de llegar al meollo de la cuestión, que era ir a tomar una cerveza con él
y con O. pero no os voy a aburrir con eso) No nos veíamos desde que nos
despedimos en el aeropuerto y siempre hace ilusión ver a un compañero de
patria, o al menos de península para no meternos en conflictos de
nacionalidades. Así que me despedí de la piscina y los avisé de que necesitaba
al menos una hora para llegar, fueron buenos y me concedieron hora y media. A
las 8 íbamos a encontrarnos en la parada del metro U. de Chile, línea 1 así que
perfecto para mí.
Una hora después salía yo
de la casa con mi vestido blanco de lunares negros (no os imagináis el uso que
le estoy dando aquí) maquillada, con mis gafas de sol, (que el sol aquí quema)
y con zapato plano, que pese a todo aun me esperaban 30 minutos cerro abajo
hasta el paradero del metro. Después de dos semanas de verano hasta tengo un
poco de colorcito y estaba de muy buen humor, con lo que me encontré de nuevo
tarareando una canción por la calle (al final los vecinos se van a pensar que
estoy loca). De camino salude al perro que vive en la calle dos cuadras más
abajo y me dirigí al metro. Llegando me di cuenta de que ya llegaba tarde y aún
no había subido al tren, como siempre, esta ciudad siempre consigue que llegue
tarde a todos lados… y ahí empezó lo raro. Aproveché para enviarles un mail
mientras esperaba a que el semáforo más lento de la historia cambiase de color.
De repente había un hombre con un labrador al mi lado, nada raro teniendo en
cuenta donde estaba. Mientras enviaba el mail perdí mi oportunidad de pasar en
rojo al igual que el resto de la gente que estaba esperando conmigo, excepto el
hombre del perro. Cuando terminé se me ocurrió mirar a mi lado y me encontré
con el hombre mirándome fijamente a una distancia demasiado corta como para no
resultar raro. Y así se pasó los cinco minutos que tardo el semáforo en
cambiar. Por suerte en cuanto cambio el color nos fuimos cada uno por nuestro
lado y pude olvidarme del hombre que me miraba raro. En verdad, me miraba muy
raro…
Lo bueno de tomar el metro
en la estación de inicio de línea es que puedes ir sentada, y cuando te vas a
pasar 20 minutos en un vagón se agradece. Lo malo, que tienes mucho tiempo para
mirar a quien va enfrente, porque aunque vayas con la música a todo volumen es difícil
no fijarte en el grupito de chicos que va sentado frente a ti haciendo todo lo
posible por que mires hacia ellos. Después del hombre raro del semáforo que
cuatro veinteañeros se dedicasen a hacerme ojitos y a contorsionarse para
conseguir captar mi mirada era ya más que raro… Pese a todo yo con mis cascos y
mis gafas de sol hice lo posible por evitarlos, pese a que era difícil y aun
por encima de vez en cuando me encontraba con la mirada de algún hombre que
mejor no saber lo que estaba pensando. Fueron los 20 minutos más incómodos de
mi vida y puedo deciros que el suelo del metro es de color gris con motas más
oscuras y hay una pegatina que te pide amablemente que no te sientes en al
suelo, con lo sucio que esta me pregunto quién querría sentarse allí. El caso
es que ya aburrida de mirar al suelo y sin saber que más hacer para evitar las
miradas babosas que atraía esa tarde, llegue a mi destino.
Finalmente conseguí llegar
solo 20 minutos tarde, con lo que les di tiempo a X y a O de cenar un picho
moruno en la calle. Tengo que reconocer que tardé un rato en identificar el
significado del mail, “te esperamos en la parrillera al lado del McDonals” que recibí
estando de camino. Pero soy una chica lista y un mail críptico no iba a
superarme, menos después de sobrevivir a 20 minutos de acoso poco disimulado. Así
que puse en marcha todo mi ingenio y decidí que lo primero y más sencillo era encontrar
el McDonals. Soy tan lista que en lugar de dar vueltas por la calle me acerque
a una empleada del metro y le pedí que me indicara cual era la salida más
cercana al dichoso sitio, por suerte o por desgracia todo el mundo sabe cómo es
un McDonals y si trabajas cerca estoy segura de que sabes el camino más corto.
Dicho y hecho, la salida que me indico la mujer daba exactamente a la puerta
del establecimiento. Ignorando los comentarios libidinosos de varios transeúntes
conseguí localizar a los chicos, y después descubrí que una parrillera eran dos
argentinos al lado de una especie de barbacoa casera y con pinta inestable que
cocinaban unos pinchos en la entrada del paseo de la Ahumada.
Lo primero que salió de
boca de O al verme fue “ostras que guapa”. Evidentemente agradecí el
comentario, pero si me comparaba con la última vez que nos vimos cualquier cosa
es una mejoría. Después de 24 horas en un avión con unas mayas y una camiseta
de rayas blancas y negras cualquier cosa es un cambio a mejor. Además, ¿a quien
no le sienta bien estar morena? Tras los saludos y varios comentarios sobre lo
guapa y morena que estaba que me sentaron más que bien nos pusimos en camino
hacia la plaza de armas.
Tras sentarnos y pedir un
pitcher de cerveza (es decir una jarra de dos litros por 4.000 pesos, unos 6’50€,
hay que tener en cuenta que estábamos en zona cara y turística) nos pusimos al día.
Más bien ellos se pasaron una hora llorando que trabajan demasiado, que tienen
demasiada responsabilidad, que están haciendo mil cosas diferentes y
milagrosamente todas relacionadas con lo que estudiaron… no sé porque a mí me
pegaba la risa y el único pensamiento que me venía a la cabeza era, que no os
oigan en España que os pegan… después de dejarlos quejarse un rato ya se había hecho
de noche así que decidimos dar una vuelta por unas calles bastante más vacías y
con más borrachos (a las 10 de la noche!!!) y tomarnos la última en un bar según
ellos con mala pinta, según yo un bar universitario normal, pero lo mejor, el
pitcher de cerveza a 2.000 pesos. Eso es lo que pasa cuando te alejas de las
zonas turísticas.
El gran problema de Santiago
es que el metro cierra a las 11 de la noche, lo que acorta bastante las
salidas. Claro, eso por ahora que ninguno controla demasiado la ciudad y no
estamos como para volver a casa en taxi, vosotros dadme tiempo… el caso es que terminamos
la cerveza apurados y pusimos rumbo a la estación de metro. Al final tuvimos
que acelerar el paso para poder tomar el último tren. Por suerte compartimos línea,
solo que ellos se bajan dos paradas antes. A medida que te alejas del centro el
tren se va vaciando, las ventanas van siempre abiertas por lo que hay una permanente
corriente de aire que arrastra las pelusas a lo largo del tren. Cuando llego al
final de la línea voy siempre prácticamente sola, no veáis lo divertido que es mirar
como las bolas de pelusa se desplazan adelante y atrás cada vez que el metro
arranca o para… definitivamente, aún menos mal que solo son dos paradas sola,
si llegan a ser más me veo haciendo carreras de pelusas…
Después como siempre toca
tomar taxi hasta la casa. Evidentemente no voy a subir andando de noche, de día
pasa que intente suicidarme subiendo esta cuesta infernal a pleno sol, pero de
noche no es plan… y ahí fue la segunda cosa rara del día. En realidad no rara,
pero me hico mucha gracia. Volviendo en taxi normalmente les indico exactamente
la casa para que me dejen al lado de la puerta. Como el taxista no conocía la
zona yo fui indicándole por dónde ir. Hasta a los coches les cuesta en algún punto
subir. De repente el hombre me preguntó si llevaba mucho viviendo allí y le
dije la verdad, que menos de dos semanas. Yo pensé que había notado el acento
español, tampoco es que hablase más de siga derecho, tome la siguiente a la
derecha, pero bueno…. El caso fue que el hombre se refería a cuánto tiempo
llevaba viviendo en la zona y me di cuenta cuando me dijo “señorita, tiene que
decirle a su marido que para vivir acá tiene que comprarle una camioneta, un
coche normal no puede subir por aquí. Pero en verdad la casa es hermosa. No me
extraña que la eligieran para vivir.
Yo en el momento me quede a
cuadros, como que mi marido tiene que comprarme una camioneta????? Cuando pude
entender a que se refería ya habíamos llegado a la casa y no iba a explicarle
al hombre nada de mi vida, obviamente. Además, una de las perras ya me esperaba
en la verja feliz de verme y yo solo me preocupé de encontrar las llaves antes
de salir del taxi. Pero que sepáis que el consejo del taxista no se me va a
olvidar. Cuando tenga un marido pienso exigirle que me compre una camioneta,
que mucha casa en zona de ricos y la niña tiene que tomar taxi al salir del
metro… es que hay hombres que no hay por dónde cogerlos… uy, perdón!! Hay hombres
que no se merecen llamarse hombres… (Por cierto, como se dirá en chileno que no
hay por dónde coger algo??? Tendré que averiguarlo ya os informare del
resultado de la pesquisa… el caso es a quien se lo pregunto sin que le dé un
infarto o se piense que le propongo algo…)